Hace poco leí, con ciertos sobresaltos, el libro “El cerebro y el mito del yo” del neurólogo colombiano Rodolfo R. Llinás, el cual me ha deparado una enorme sorpresa, agradable por cierto, cuando me percato al leer sus primeros párrafos, que tan eminente científico orienta su investigaciones sobre la cognición, con el mismo enfoque que desde 1980 había optado en mi trabajo sobre las emociones. Con un desconocimiento total, por ese entonces, de cómo funcionaban las neuronas en nuestro cerebro y de cómo se encuentra organizada su arquitectura, soy ingeniero civil, muy a pesar de ello, pude visualizar, en lo que respecta a las emociones, que estas de alguna manera estaban ligadas a las resonancias, algo que pude dilucidar con base a mis conocimientos de física en lo referente a los movimientos oscilatorios, aunado, claro está, de continuados razonamientos en este sentido. Este trabajo, después de una ardua labor investigativa, fue publicado el 11 de Junio 1989 en el suplemento dominical “Intermedio”, No. 742, del Diario del Caribe de Barranquilla. Aunque Llinás, en especial, enfoca su investigación hacia la cognición y el movimiento, y no hacía la naturaleza de las emociones, en el despliegue que hace de las resonancias como soporte a su investigación, encontré 14 anotaciones sobre ellas, que por supuesto, me dejaron muy satisfecho, ya que demostraron que no me había equivocado en mi apreciación inicial. Lo primero que hallé, cuando apenas leía la solapa del libro referido, fue: “El núcleo de la teoría de Llinás es el concepto de oscilación. En muchas neuronas, la actividad eléctrica se manifiesta como variaciones oscilatorias representadas por oscilaciones de mínimo voltaje a través de la membrana celular. En los picos de esas oscilaciones se presentan eventos eléctricos mayores, que son base de la comunicación entre las neuronas. Como cigarras que suenan al unísono, los grupos de neuronas, a su vez, oscilan en fase con otros grupos distantes, creando una especie de resonancias”. Y en otro aparte (página No. 15): “Cuando diversos grupos de neuronas, con patrones oscilatorios de respuesta, “perciben” o codifican diferentes aspectos de una misma señal de entrada, podrán unir esfuerzos para resonar en fase uno con otro (como los gritos de “ole” en la plaza de toros o de “gol” en el estadio de fútbol), fenómeno éste que se conoce como coherencia neuronal oscilatoria. Como veremos más adelante, la raíz de la cognición se encuentra en la resonancia, la coherencia, y la simultaneidad de la actividad neuronal, generadas no por azar, sino por la actividad eléctrica oscilatoria”. Y más adelante (página No. 49): “Recordemos la breve discusión del capítulo No. 1 respecto de las uniones electrónicas entre neuronas y de la generación de los estados oscilatorios y resonantes; son conceptos fundamentales para comprender la organización pulsátil sinérgica del movimiento”. Y así, once acotaciones más por el estilo. El ensayo aludido lo presento a continuación con algunos ajustes, en especial en la parte didáctica, a fin de que los lectores poco avezados con la física de las oscilaciones puedan comprenderla de la mejor manera posible. Que lo disfruten. “El equilibrio psíquico no es más que un fenómeno de resonancias” Hacía finales del año 80, con cierta insistencia empecé hacerme la siguiente pregunta, ¿Para su cabal funcionamiento de que mecanismo es del que se valen las emociones? Y después de mucho pensarlo llegué a la conclusión de que éstas al igual que dos diapasones idénticos y cercanos (figura No. 1), en el que ambos terminan vibrando con la misma frecuencia, inmediatamente después que uno de los dos es excitado, pues bien, nuestras emociones, ante estímulos externos, responden como si otro diapasón sincrónico y próximo igualmente vibrara. De ahí, que digamos, que la risa y el llanto sean contagiosos. Las emociones, no me cabía la menor duda, se debían a este fenómeno, y solo a él. Pónganle la firma  Planteados así las cosas, me dediqué, entonces, a refrescar y ahondar mis conocimientos sobre las resonancias. Un placer, ya que desde la secundaria y en el mismo plantel universitario, éste había sido uno de los temas que más me habían atraído de la física. Y entre otras, las siguientes fueron mis conclusiones más relevantes al respecto: Más que diapasones, ya que por lo general estos vibran con una sola frecuencia, la fundamental, las emociones responden como cuerdas vibrantes con extremos fijos o como los tubos sonoros, cuerdas de guitarras o saxofón, sea el caso, que al ser excitados oscilan con la frecuencia fundamental o primer armónico (la frecuencia más baja de todas las presentes durante la excitación), acompañada simultáneamente de los armónicos a disposición (frecuencias múltiplos de la fundamental), figura No. 2, en las que igualmente se pueden identificar el timbre (termino subjetivo), sonido musical determinado por el número de armónicos incluidos y por sus intensidades respectivas: alto, brillante, melódico, etc., y que siendo característico del instrumento que lo produce, permite identificar su procedencia: piano, guitarra, trompeta, etc.; y el tono (término también subjetivo), que es el grado de elevación de los sonidos musicales correspondiente a la mayor o menor rapidez de las vibraciones de los cuerpos sonoros, que en los acordes musicales permite clasificar una nota como “alta” o como “baja”. Y para nuestro caso, como ejemplo particular en lo referente a nuestras vivencias comunicativas interpersonales: “Al expresarse así, su tono era imperativo”.  Clasificación A las emociones las podemos clasificar en dos categorías, las que nos brindan bienestar y las que nos producen dolor o malestar. En el primer grupo, al amor le correspondería, desde mi punto de vista, la frecuencia fundamental, y entre sus armónicos complementarios podríamos citar, a la ternura, al afecto, la estima, el respeto, la consideración, entre otros sentimientos constructivos. Y en el segundo grupo, al odio lo adosaría a la frecuencia fundamental, y entre los armónicos que le acompañan incluiría a la ira, al rencor, al desprecio, a la envidia, a los celos y al egoísmo, entre otras tantas manifestaciones de tipo destructivo. En otras palabras, cuando se activa un sentimiento, ya sea este positivo o negativo, a la par se activan los sentimientos conexos, sus armónicos. Algo bueno cuando de emociones constructivas se trata, a las que les sacamos el mayor provecho a nuestro alcance, ya que el éxtasis, el más alto grado de exaltación que en un momento dado pueda embargarnos, se aviene de lo más de bien con el refuerzo suplementario de sus armónicos regeneradores presentes. Y en lo que respecta a las emociones negativas, igualmente susceptibles de potenciarse, podrían, por el contrario de las positivas, algo peligroso, llevarnos a infligir el mayor daño posible a nuestros congéneres, y por ende a nosotros mismos. Pero, cuán mayúscula podría ser nuestra sorpresa si llegásemos a dilucidar, que además de la faz destructiva, la que manejamos con suficiencia, precisáramos que las emociones negativas cuentan con otra faz, la constructiva, cuyo potencial regenerador y edificante podría rebasar todas nuestras expectativas de crecimiento positivo en perspectiva. Visualizada su faz constructiva, sin lugar a dudas, a las emociones negativas bien podríamos transformarlas en una de las herramientas más poderosas para crecer y de verdad, verdad. Serían, para el caso, especies de alarmas que nos alertan de las deficiencias internas a subsanar y/ o a reforzar: Conocimiento, experiencia, organización, manejo, etc. Si lo que siento es envidia, porque de momento la proyección en la empresa de mi compañero de labores rebasa sustancialmente mis expectativas, una de las alternativas, la destructiva, la que tan solo nos traería beneficios individualizados inmediatos y a corto plazo, y a la par, el enrarecimiento del clima laboral en todas sus manifestaciones, sería la de cerrarle el paso a como diera lugar; y la otra, la constructiva, beneficios colectivos a mediano y largo plazo para todos, seria la de constatar las directrices que a nuestro amigo le reportan ese éxito extra, de momento fuera de mi alcance y comprensión. Interiorizadas y potenciadas estas directrices, así no alcanzase, por más que me lo exigiese, su exitoso nivel, aplicando a conciencia sus estrategias claves, siempre y cuando no choquen con mis intereses éticos, mi crecimiento y el de la entidad en donde laboro estarían asegurados en ese rubro. Y lo más importante, la envidia, que en un principio me corroía por dentro, como por arte de magia la vería troquelada, otra sorpresa y mayúscula, por la admiración y el respeto, que a bien el compañero en tela de juicio, se merece: Si la contraparte prospera, tal como reza un principio del budismo tibetano, yo prospero. El malestar de mi vecino es mi propio malestar. Y así para las restantes emociones negativas. Vista bajo este prisma, podríamos decir, que las emociones positivas o negativas están adosadas a una cuerda vibrante única, en la que el valor de la frecuencia fundamental y la de sus armónicos adjuntos dependen de la tensión administrada a la cuerda. Para una tensión dada, le daríamos vida al sistema correspondiente al de las emociones positivas, y para otro valor determinado, tensión destemplada o sobre templada, resplandecerían con ello las emociones negativas. Pasar del sistema de las emociones negativas al de las positivas sería tanto como templar o destemplar la cuerda desafinada de una guitarra, cuyo sonido nos causa desagrado, hasta alcanzar otro que nos depare placer. Si siento envidia, el caso del compañero de labores antes referido, la cuerda que de momento le da apoyo al sistema las emociones positivas perderá su tensión sustentadora, y automáticamente tomará posesión de ella el sistema de las emociones negativas. Si optamos por una salida constructiva, el equivalente de tensionar o destensionar la cuerda sería para el caso el de la consecución y puesta en práctica de las directrices con las que nuestro amigo alcanzó el éxito de momento fuera de mi alcance. Obviemos, en consecuencia, y a como de lugar, la vía destructiva, que a lo único que nos podría conducir es a un callejón sin salida. Las resonancias y su aplicación a las emociones La naturaleza incluidos todos los seres vivos y los inertes, emiten en forma simultanea y continuada una gama de ondas de frecuencias con amplitudes e intensidades características, las fundamentales y sus armónicos, el timbre y el tono antes mencionados, cuya resultante de alguna forma excitan nuestros sentidos, que al entrar con ellos en resonancias, vuelcan nuestras emociones en su faz positiva o negativa. Si para el caso, relajadamente contemplamos un fenómeno natural cualquiera, el océano, por ejemplo, la gama de frecuencias y las diversas intensidades de las mismas provenientes del oleaje, del azul cristalino de sus aguas, de la blancura de la playa del vuelo y parloteo de las aves y del horizonte, se conjugaran con nuestras frecuencias e intensidades receptoras naturales permisibles de nuestros sentidos, al igual que una radio sintoniza a una emisora (figura 3). En forma similar, la madre emocionalmente armoniza con las características infantiles del niño: La necesidad solícita de protección, la ternura, el amor, el afecto. Cuando el bebé llora, o se enferma, sea el caso, la recepción resonante positiva apetecible se distorsiona, disonancias, y los cuidados correspondientes se encaminaran ha rectificar la armonía resonante alterada: Alcanzar la tensión base en la cuerda ligada a las emociones, de tal manera que armonice plenamente con el paquete de las positivas.  El ser social, mirado desde este punto de vista, no es más que uno entre los muchos ejemplos de los que podríamos echar mano: Una fusión múltiple y abigarrada de resonantes y de resonadores. En las aves para no ir muy lejos y ser más explícitos, el plumaje el colorido, la mímica, la danza y el canto, son un número ilimitado de resonantes, que hacen posible la consumación sexual. La sociabilidad, como bien podría desprenderse de este párrafo, no sería más que una función directa de los resonadores disponibles para el caso. Entre mayor sea el número de resonantes, y por ende, de resonadores activados, mayor serán los vínculos de unión de una especie y entre individuos. El hombre, por su parte, es un ser ávido de resonantes y de resonadores, el que más: Visuales, sonoros, táctiles, olfativos, gustativos, en fin todos los sentidos involucrados. Su ansia desbordarte en este sentido es tal, que cuando por uno u otro motivo los resonantes naturales enriquecedores no encuentran los resonadores naturales compatibles y viceversa, los artificiales, como el alcohol y las drogas, en los casos más extremos, se nos revelan como los más atractivos de todas las opciones. Si señores, si se nos cierra un camino, la ansiedad, esa necesidad solicita e instintiva hacia cierto tipo de resonancias, nos induce por cualquier camino, errado o no, ya que el fin es el de llegar a ellas y a cualquier precio. Pero nuestra tragedia, la mayor quizás, es la de no crear resonadores: El rechazo social, el de nuestros seres queridos y allegados que nos enfrenta a la degradación, a la muerte prematura o al suicidio, empañan nuestro goce unilateral. Contrariamente, entre las resonancias genuinas, abundan los oficios en el que los protagonistas giran en torno de la muerte, pero que al crear resonadores con los que se puede resonar, les mantiene en la vida: El automovilismo, el boxeo, el alpinismo y el toreo, entre muchas otras actividades de sumo riesgo. Resonancia pura A todos se nos da de cuando en vez, cierto estado de excitación, el mayor que en un momento dado pueda embargar nuestros sentidos. Este estado excepcional que bien podríamos denominar resonancia pura, la fascinación, el éxtasis, el sobrecogimiento, sencillamente se alcanza cuando nuestro sistema emocional como resonador que es, entra en resonancia plena, absoluta y libre con un resonante externo cualquiera que haya emitido una gama de frecuencias e intensidades a la medida justa de nuestros resonadores naturales, incluidos, por supuesto, todos los armónicos a disposición: Una conquista amorosa, la que tanto anhelábamos, la lectura de un clásico de la literatura, la contemplación de un paisaje maravilloso, de una obra de arte o de un personaje de moda, la solución de un problema de características insolubles y las actitudes estoicas, cualesquiera que éstas sean. Pero, al margen de todo, nuestra meta más que nada, se orienta hacia la consecución de un estado especial y único de resonancias, resonancia pura, que más tarde o más temprano podríamos alcanzar, incluso en la otra vida, tal es la fe de muchos: La salvación del alma, la riqueza, la gloria, el poder, el éxito, el dominio de un deporte, de un arte o de una ciencia, entre los de mayor relieve, alrededor del cual han de girar nuestras acciones vitales y de las que el grado del éxito o del fracaso dependerá el nivel de felicidad o de frustración que en definitiva pueda apropiarse de cada quien. Sin embargo, además de los estados antes señalados, también pueden darse otros más, infinidades, que aunque menos transcendentales que estos, por ello los denominaremos “Estados de resonancias transitorios”, nos harán más llevadera la vida, estimulando la consecución de la resonancia directriz vital, la que en última instancia perseguimos: Un buen negocio, un título académico, un reconocimiento por nuestra labor en cualquier disciplina, un triunfo deportivo, un viaje, la educación de los hijos, una mejor posición social y económica, una tarde de solaz, un buen libro de lectura, un pasatiempo, y así, un sinnúmero de adquisiciones menores que al final nos permitirán con poco o mayor esfuerzo alcanzar la tan anhelada resonancia directriz vital, si es que no desfallecemos antes en su intrincada búsqueda, lo común en nuestra cultura. Resonantes, resonadores, pulsaciones Cualquiera de nosotros, una gran ventaja, podría en un momento dado, transformarse en un resonante o en un resonador, ya sea que emocionalmente emita un paquete de frecuencias de efectos resonantes, ya sea que las perciba igualmente. Un personaje de éxito, un cantante de moda para ser más explícitos, serían resonantes en un momento dado, esto es, cuando en torno suyo se aglomeren las multitudes, con el fin, ya que ese es el fin, de entrar con él en resonancia y viceversa: Un diapasón que al vibrar en una frecuencia especifica, hace vibrar a otro u otros diapasones idénticos circundantes (figura No. 1). Para el caso, las multitudes hacen de resonadores, pero estas a su vez responden como un resonante, reforzando el efecto final. En otras circunstancias, sin embargo, nuestro equipo emotivo puede verse sometido a cambios imprevistos en lo que respecta a las resonancias que nos reportan bienestar: La ruptura inesperada de una relación amorosa, una desgracia familiar, el colapso económico, acontecimientos fortuitos que en forma súbita y desgarradora afectan nuestro equilibrio emocional, pero que después de una etapa de conciliación consigo mismo, a semejanza de un registro sísmico, que pasados los efectos abruptos del cataclismo se precipita hacia un nuevo estado de equilibrio, de la misma manera nuestras emociones negativas, si así lo decidimos, se atemperaran hasta alcanzar un estado pasivo de resonancias: El sufrimiento callado, la resignación, y lo que sería más importante, quizás, su bloqueo, a fin de que el sufrimiento no nos termine afectando destructivamente, y que por el contrario, podamos, a pesar de todas las vicisitudes presentes, seguir en sintonía resonante con el paquete correspondiente a las emociones positivas con tan solo proponérnoslo. Pero, dentro de las resonancias, también se da otro caso, especial por cierto, el de las pulsaciones, que se presentan cuando la diferencia de frecuencias entre las resonancia naturales y las que perciben del exterior de nuestros sentidos, resultan casi imperceptibles (figuras Nos. 4 y 5), al estilo de dos emisoras con frecuencias próximas en las que en un momento dado estas se refuerzan y luego se anulan (máxima y mínima audición) creando una distorsión en la recepción denominadas pulsaciones, lo que nos lleva a sintonizar a otra emisora. Cuando las frecuencias receptoras naturales y las recibidas son ligeramente iguales, en un principio se confunden con las naturales, pero debido a las interferencias que se presentan, con el tiempo terminan agotando los sentidos, tal como suele ocurrir con la música de moda, la brillante y el toreo tremendista en contraposición con el clásico. Sólo lo genuino, lo que en verdad se ajusta en forma plena con nuestro equipo resonante puede perdurar. De ahí la directriz que el artista debe darle a su obra para que las generaciones futuras la acojan como parte integral de nuestro patrimonio cultural.  Identificarnos con nuestras resonancias naturales, es la tendencia instintiva de las artes: La pintura, la escultura, la literatura, la música. Una obra, pasará ocupar un lugar preponderante en la galería de los clásicos, sólo cuando en un grado superlativo, cada una de las resonancias que la identifican con un estado emocional especifico, se plasme en un trazo, en un volumen, en una frase literaria o en una partitura musical. Entre mayor sea el grado de afinidad con nuestro complejo emocional resonador, mayor será su arraigo con el paso del tiempo: “Y el toro solo corazón arriba”, Federico García Lorca; “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez; “Alicia en el país de las maravillas”, Lewis Carroll; “El vapor de la sangre humana sonriendo”, Esquilo; “La mona Lisa”, Leonardo Da Vinci; “La novena sinfonía”, Beethoven; “El Moisés”, Miguel Angel; “La víspera de año nuevo”, Tobías Enrique Pumarejo, son algunos ejemplos de resonancias puras alcanzadas a perpetuidad en una frase, en un verso, en una pintura, en una obra literaria o musical, entre otras múltiples posibilidades de este corte.  Por Ricardo López Solano Ingeniero Civil Universidad Industrial de Santander
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